Pienso, luego imito

Por Laura Franch Arjona, alumna del Máster en Primatología UdG · Promoción 2014-2016

Muchos estudios han determinado que el humano es un ser altamente imitativo. Tal y como escriben en su trabajo Frédérique Bunlon[1], Peter J. Marshall[2], Lorna C. Quandt[3] y Cedric A. Bouquet[4], “imitación se refiere a la reproducción abierta de un acción observada”. Esta tiene una gran importancia en nuestro proceso de aprendizaje, especialmente en etapas infantiles, y agiliza nuestra capacidad para retener información. Pero para nuestro cerebro, copiar las acciones de otro no es tan sencillo como podría aparentar. Para eso, primero se requiere que el observador que percibe la conducta de otro, “descomponga” los componentes de esta conducta, los interprete, los asimile, y finalmente, que los manifieste mediante comandos motores similares a los observados. Este proceso constituye una cuestión central en la literatura de la imitación: ¿Cómo los códigos sensoriales se transforman en códigos motores?, en otras palabras: ¿Cómo aquello que vemos se traduce en aquello que hacemos? A esta cuestión se la conoce como el problema de la correspondencia.

La teoría ideomotora intenta responder a esta cuestión ofreciendo un marco de representación común entre aquello que vemos y aquello que hacemos. Supone que la imagen mental que tengamos de una acción y la comprensión de sus efectos, controlan las acciones que realizamos. Así pues, establece que existe una fuerte asociación individual entre la causa y el efecto de una acción. De ese modo la teoría ideomotora explica la imitación como: “al ver la acción de otra persona y sus consecuencias, los plantes de acción que conduzcan a esas consecuencias se activan en el observador”, comenta Fréderique Bunlon, investigador principal del estudio.

Pero la capacidad de imitar parece no ser uso exclusivo del ser humano. Estudios neurofisiológicos descubrieron las llamadas neuronas espejo en el cerebro de monos. Estas neuronas, conforman un centro de integración común entre los estímulos observados y la ejecución de estos estímulos. Dichas neuronas en monos se activan cuando el sujeto realiza una acción, y también cuando el este observa la misma acción realizada por otro individuo. Otros estudios revelan que existe un sistema parecido en humanos. A muchos nos ha pasado que al ver bostezar a otra persona, copiamos instantáneamente y de forma inconsciente la misma acción, o habremos oído alguna vez la expresión “me río porque te ríes”. Aquí es donde se pone de manifiesto la actividad de nuestras neuronas espejo.

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Algunas teorías actuales consideran que la copia de movimientos es el núcleo de la imitación. De hecho, somos capaces incluso de imitar “el gesto por el gesto”, es decir: aun entendiendo que el movimiento no tiene un objetivo más allá de sí mismo, podemos copiar los movimientos de otro sujeto (por ejemplo, los pasos de baile o los gestos comunicativos).

A nivel de comportamiento, la teoría ideomotora predice que la ejecución de una acción se ve facilitada por la observación previa de una acción similar, mientras que la observación de una acción distinta interfiere con la ejecución de la acción. A su vez, esta teoría también hipotetiza que la experiencia tiene una importancia crucial en el proceso de aprender la relación entre una acción y sus efectos. Así pues, la teoría ideomotora ofrece un marco para la imitación: podemos copiar una acción observada porque los códigos cognitivos que integran los movimientos observados y sus efectos están relacionados con el código motor que genera el movimiento.

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Por lo general, en la vida real, la percepción de un movimiento A se relaciona con las consecuencias relacionadas con este movimiento A. Con el tiempo, somos capaces de relacionar las consecuencias de A con el movimiento que las ha originado. Entendiendo esto, podemos imitar el movimiento A de otro individuo porque viéndolo se desencadena el código motor correspondiente a ese movimiento.

Pero, ¿qué pasaría si un movimiento A, produjera un efecto B no relacionado? ¿Seriamos capaces de imitar el movimiento A sin entender cómo se produce el efecto B? Bunlon y colaboradores predijeron y confirmaron que la capacidad de imitación en este caso se vería alterada.

Para ello, idearon un estudio con dos grupos de participantes, todos ellos estudiantes de postgrado. En una primera fase, ambos grupos fueron instruidos para imitar el movimiento (elevación) de los dedos índice o meñique mostrados en una pantalla tan rápido como les fuera posible, evitando errores. Cuando el índice se levantaba en la mano mostrada en la pantalla, los sujetos tenían que levantar el dedo índice, y cuando en la imagen se levantó el dedo meñique, tuvieron que levantar el meñique. También en ambos grupos se midió el tiempo de reacción ante esa tarea. En la segunda fase del estudio, ambos grupos se sometieron a condiciones experimentales distintas. Al primer grupo se le pidió que realizaran una de las dos acciones posibles (elevación del índice o del meñique) al azar y el movimiento de los participantes fue seguido por la imagen de una mano con el mismo movimiento (Figura 1). A continuación, el sujeto debía imitar el gesto mostrado en pantalla con la mayor rapidez posible. A los individuos del segundo grupo se les pidió que realizaran la misma tarea, pero en este caso la pantalla mostraba la imagen del resultado contrario (cuando el participante levantó el delo índice, se mostró el levantamiento del dedo meñique en la pantalla, y viceversa). En cada sujeto se realizaron múltiples ensayos.

Figura 1. Esquema de la secuencia de acciones realizadas por ambos grupos de estudio. Imagen extraída del artículo de F. Bunlon et al. 2015, p.7.

Figura 1. Esquema de la secuencia de acciones realizadas por ambos grupos de estudio. Imagen extraída del artículo de F. Bunlon et al. 2015, p.7.

Los resultados de este estudio mostraron que bajo las condiciones en que los participantes reciben respuestas incompatibles, el tiempo de reacción es más largo en relación con la condición en la que el efecto recibido era también el esperado. Es decir que la imitación se vio afectada por la adquisición de relaciones entre acción y efecto a través del aprendizaje ideomotor. Este tipo de aprendizaje se basa en que una vez aprendida la relación causa-efecto, somos capaces de anticipar la respuesta requerida facilitando de este modo la imitación. Por el contrario, cuando la respuesta observada es inconsistente con el estímulo que la provoca, el sujeto prepara mentalmente una respuesta distinta a la que inicialmente cabía esperar, lo cual interfiere y ralentiza el proceso de imitación. De este modo demostraron que el comportamiento imitativo puede ser modificado por el aprendizaje de la relación causa-efecto.

¿Es posible que el funcionamiento de las neuronas espejo pueda ser modificado por el mismo tipo de aprendizaje? Los investigadores de este estudio creen que sí, ofreciendo un posible mapa neurológico a dicho proceso. Pero esto lo determinarán futuras líneas de investigación.

Artículo publicado en:

PLoS ONE. 2015 Mar;10(3): e0121617. doi: 10.1371/journal. pone.0121617

Influence of Action-Effect Associations Acquired by Ideomotor Learning on Imitation

Frédérique Bunlon, Peter J. Marshall, Lorna C. Quandt, Cedric A. Bouquet

[1] https://www.researchgate.net/profile/Frederique_Bunlon

[2] https://www.researchgate.net/researcher/39614260_Peter_J_Marshall

[3] https://www.researchgate.net/researcher/2074126940_Lorna_C_Quandt

[4] https://www.researchgate.net/profile/Cedric_Bouquet

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