«Digito ergo sum» – Sobre la mano y la cognición

Publicado originalmente por Emiliano Bruner (CENIEH) en #SciLogs de Investigación y Ciencia

La evolución de la mano se ha relacionado con el papel que desempeña en la utilización de herramientas, pero siempre como si fuera un simple componente mecánico del proceso de interacción con el objeto. Quizá no sea solamente esto.

Para callar a un italiano, átale las manos“. Es un viejo dicho que a menudo me recuerdan después de haber dado una conferencia. Pero más allá del estereotipo y del folclore de algunas películas graciosas que cargan sobre vicios y virtudes del Bel Paese, no estoy seguro de que esto sea algo tan solamente típico de la bota mediterránea. Eso sí, el nivel de gesticulación es probablemente proporcional al nivel de implicación emocional.

André Leroi-Gourhan asoció definitivamente estos temas a un contexto de evolución y de prehistoria con su libro “El gesto y la palabra“. Está claro que la mano, su estructura, su uso, sus funciones, son esenciales para actividades que son tan típicas y fundamentales del género humano. En los años sesenta del siglo pasado llamaron al supuesto primer representante de nuestro género con el nombre de “Homo habilis” porque para ser humano tenía que saber hacer, saber manejar, saber utilizar herramientas. Sabemos que ninguna especie puede competir con los humanos (y mucho menos con Homo sapiens) con esta especialización del “saber hacer”. Monos y pájaros manejan objetos, pero nada comparable con las complejas cadenas de “objetos que sirven para manejar objetos” que caracterizan integralmente nuestra cultura. Hasta el mismo lenguaje, clave esencial de nuestra evolución, puede que haya evolucionado desde la manualidad: ambos procesos involucran áreas cerebrales contiguas, y funcionan combinando secuencias motoras, creando diferentes posibilidades a partir de combinaciones de módulos de activación neurales y musculares.

Pero las teorías sobre Mente Extendida van mucho más allá de todo esto. En los últimos años estas teorías se han desarrollado a partir de una constatación aparentemente sencilla: un cerebro cabe en 1500 centímetros cúbicos, pero una mente no. A lo largo de mucho tiempo hemos pensado que el cerebro era una máquina independiente. Luego hemos tenido que admitir que el ambiente era importante, y que llega a influir seriamente en los procesos cerebrales. Según las hipótesis sobre cognición extendida, en realidad lo que llamamos “mente” es un proceso que nace de la interacción entre cerebro, cuerpo y ambiente. No hay proceso sin los tres componentes, no hay proceso sin su interacción. El cuerpo es la interfaz entre cerebro y ambiente, y es entonces el elemento fundamental que cierra el circuito.

The-Hand-As-A-Brain-s-400x250El proceso cognitivo, según esta perspectiva, sería ampliamente dependiente de la experiencia del cuerpo, que no solo tiene un papel mecánico, sino que dirige el proceso neural de integración. Asimismo, los “objetos” son también parte activa del proceso cognitivo: almacenan memoria fuera del cerebro, activan mecanismos que de otra forma no se activarían, modulan y estructuran nuestras capacidades sensoriales o de cálculo, y por ende los procesos de entrenamiento de nuestras redes neurales. Claro está que en este caso la relación entre la mano y el objeto ya no es solo el resultado de un proceso mecánico. En los primates (y sobre todo en nuestra especie) el papel más importante en el momento de enlazar cerebro y ambiente lo tiene el circuito mano-ojo. El mundo “entra” en nosotros sobre todo a través de nuestros ojos, y luego interactuamos con aquel mundo sobre todo a través de nuestras manos. Estamos empezando a investigar estos temas en los laboratorios, descubriendo por ejemplo que nuestro cerebro interpreta de forma diferente un objeto que no está a nuestro alcance y un objeto que ya está al alcance de nuestros brazos. Y luego, si la mano además lo agarra, el cerebro incluye el objeto en los esquemas del cuerpo. Un ejemplo más que famoso es el bastón de los ciegos, verdadera extremidad sensorial, que a nivel neural es una extensión del brazo. Esta integración tan íntima quiere decir que el cerebro interpreta el objeto como parte del cuerpo o, lo que viene a ser lo mismo, que interpreta el cuerpo como un objeto.

Es muy peculiar que la diferencia anatómica principal entre el cerebro de los humanos modernos, Homo sapiens, y el cerebro de los homínidos extintos se encuentre en las áreas parietales superiores, que justamente coordinan la relación espacial entre cerebro, cuerpo, y ambiente. A nivel médico, hay patologías que dañan las funciones del cuerpo, y es importante reconocer como un problema aparentemente “mecánico” pueda afectar sensiblemente también a los niveles cognitivos. Asimismo, es muy intrigante descubrir que el tamaño cerebral en los primates es proporcional al tamaño del grupo social, y que este grupo social se gestiona y se amplía a través de un comportamiento asociado a moléculas opioides cerebrales, las endorfinas: es el grooming, es decir “quitarse pulgas uno con el otro”, una acción basada en el contacto entre individuos a través de las manos.

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Al final, que somos todos uno con el ambiente, ya lo decían los aborígenes australianos y los chamanes amerindios. Pero lo estamos evaluando ahora a nivel científico y experimental. Siempre hemos “sentido” que el contacto y la mirada van más allá de una sencilla acción mecánica. Nos saludamos cruzando las manos, poniendolas en contacto o enseñándolas, y las levantamos para rendirnos. Dios crea Adán con el toque de un dedo y mirándolo a los ojos en la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, y E.T. hace lo mismo al contactar con nuestra gente a su llegada a este planeta. Pensamos que hoy en día las técnicas digitales nos libran del contacto, pero vivimos (y pensamos) tecleando ordenadores y acariciando pantallas. Mejor no olvidar que la palabra digital viene del latín digitus, y quiere decir dedo.

***

Un libro muy actual y completo sobre mente extendida es “How things shape the mind“, de Lambros Malafouris, una de las personas que más ha contribuido a desarrollar estos temas dentro del contexto de la arqueología cognitiva. Recientemente he publicado con Atsushi Iriki, del Riken Brain Institute de Tokio, una larga revisión de los conceptos asociados con cognición extendida, el papel del cuerpo y evolución humana.

En la revista Journal of Anthropological Sciences hemos publicado dos foros sobre capacidades visoespaciales y Neandertales, todos los articulos son gratuitos:

[Foro 2014]   [Foro 2015]

Un comentario en “«Digito ergo sum» – Sobre la mano y la cognición

  1. Si efectivamente el cerebro interpreta el objeto como parte del cuerpo (protéticamente) o en su defecto lo hace interpretando al mismo cuerpo como un objeto (cuerpo social inorgánico), podemos inferir que en algún momento de la evolución y sobre las sabanas africanas, el homo pudo verse diferente al resto animal y posiblemente entendió que su cuerpo era un objeto y como tal podía reproducirlo con sus manos exteriormente, reproduciéndose materialmente a/sí, fuera de/sí en un palo, poste, menhir o estela igual a su altura o en proporción a ella (Hay evidencia e ello).

    Esto pudo incluso haberse catalizado lúdicamente a partir del juego con la propia sombra del cuerpo (como lo hacen otros mamíferos sin llegar a verse a/sí como objeto), lo cual luego se habría experimentado en el objeto gnomónico producido exteriormente y a partir de ello se habría entablado una relación dialéctica entre el cosmos, el cuerpo, y el objeto producido a partir de la anterioridad del palo, lanza, poste, menhir o estela, para finalmente concluir en la ulterioridad de nuestro mundo material, altamente protético con el cual nos hibridamos.

    Resumiendo:
    El homo, jugando quizás, se supo gnomón solar y en tanto esa sapiensa, el gnomón antropo que naturalmente era, experimentando con su propio cuerpo se convirtió en el Homo sapiens gnomónico que luego, sembró de evidencias gnomónicas gran parte del planeta y todo sitio arqueológico donde se pudo verificar su presencia.

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